Entrevista.
Comunión
y Liberación cumple 50 años: habla
el fundador
Giussani
Los cielinos y yo. Nuestra fe ante el mundo
Gian Guido vecchi
«Recuerdo
que la opción del Liceo Berchet fue totalmente casual, como
una piedra lanzada al aire. Mientras subía los escalones de
entrada al Liceo, no sabía lo que me iba a encontrar. Acudían
ahí los jóvenes vástagos de la futura clase
dirigente milanesa que yo no conocía y de los que nadie se
ocupaba en aquel entonces...». La voz de monseñor Giussani
es ronca y frágil como un suspiro, pero la mirada es siempre
la misma, la que los chicos de «don Gius» conocen bien.
Son los mismos ojos que en las imágenes en blanco y negro
de hace cincuenta años aparecían debajo de la boina
de ese sacerdote, nacido en Desio en la Brianza, que con treinta
y dos años decidió abandonar la enseñanza en
el seminario de Venegono y bajar al ruedo en la ciudad de las «grandes
fábricas» de Giovanni Testori. Será por la fe
de su madre, Ángela, o por el temperamento de su padre, Beniamino,
tallador de madera, restaurador y anarquista, el hecho es que don
Gius cumple hoy ochenta y dos años y sus chicos celebraran
mañana con una peregrinación a Loreto el medio siglo
del movimiento que nació en Milán y hoy está presente
en 70 países. Porque los chicos del Berchet dieron vida a
Gioventú Studentesca que luego sería Comunión
y Liberación. Giussani ha escrito al Papa: «No sólo
no pretendí nunca “fundar” nada, sino que creo
que el genio del movimiento que he visto nacer consiste en haber
sentido la urgencia de proclamar la necesidad de volver a los aspectos
elementales del cristianismo, es decir, la pasión por el hecho
cristiano como tal, en sus elementos originales y nada más».
Monseñor Giussani, la opción del Berchet fue
casual...
...tan casual como el encuentro imprevisto con algunos jóvenes,
poco tiempo antes, durante un viaje en tren a Rímini. Hablando
con ellos, los hallé profundamente ignorantes de lo que es
el cristianismo. Ese encuentro me impulsó a pedir a mis superiores
dejar la docencia en el seminario para ir a dar clase de religión
en un instituto. Me asignaron el Liceo Berchet de Milán.
¿Y cómo se planteó su tarea desde la primera clase en
el curso E?
El criterio último que adopté en mis clases fue el
de exaltar un renovado fervor en esos jóvenes, tratando de
comunicarles la fe propia de ese pueblo en el que yo había
crecido. En esto pensaba mientras subía aquellos escalones
el primer día de clase. Por parte de los chavales enseguida
noté un interés franco y, especialmente en algunos,
incluso agitado.
¿Agitado?
Sí. Escuchando mis palabras, algunos estudiantes se sorprendían
viendo que la religión podía adquirir una vivacidad
extraordinaria ante los interrogantes acerca del significado exhaustivo
de la existencia, normalmente desconocido para ellos, ya que lo abordaban
desde un punto de vista precario aunque sincero, como era entonces
el suyo. Pedía a la Virgen que me concediera la gracia de
poder mostrarles de qué modo la religiosidad alcanza al hombre
y lo provoca a una profundidad inimaginable de su experiencia humana.
¿Encontró recelo?
Recuerdo todavía, como si fuera ayer, el primer estallido
de desprecio y displicencia que suscitó mi primera pregunta,
que les cogió por sorpresa. Un chico desde la última
mesa planteó esta objeción: «Fe y razón
pertenecen a dos ámbitos radicalmente diferentes, existencialmente
hostiles». Aludió a dos rectas divergentes en planos
paralelos que nunca se encontrarían entre sí...
¿Cómo contesta a esta objeción?
Para responder parto de un modo de mirar las cosas “con pasión”, “con
amor”, con una apertura que no me deja solo, sino que pone
en marcha una relación. No se puede abordar una cuestión
de la que depende la vida con una actitud como la que acabo de describir,
sin que esto descoloque al otro, le sorprenda. Si se produce este
asombro, será lógico hablar a los chicos con entusiasmo,
y todo el trabajo quedará subordinado al empeño de
la inteligencia; sería un error en efecto seguir a alguien
sin un porqué. En el cerebro del hombre está la clave
que exige la explicación del porqué. Con otras palabras,
sin la sorpresa por la realidad como punto de arranque, el hombre
se quedaría bloqueado, poco o mucho, en la pura necesidad
de hacer –¿pero, hacer qué?– y sentiría
cualquier intento suyo como inútil.
Se afirma que Europa está cada vez más secularizada.
¿Cómo
se puede hablar de fe hoy?
En primer lugar hay que rectificar el planteamiento con el que normalmente
se concibe la fe. El inicio nuevo que la experiencia cristiana supone
en el ámbito de todas las relaciones, no nace de un punto
de vista cultural, como si fuera un discurso que se aplica a las
cosas, sino que sucede experimentalmente. ¡Es un acto de vida
lo que pone en marcha todo! El comienzo de la fe no es una cultura
abstracta, sino algo que viene antes: un acontecimiento. La fe toma
conciencia de algo que ha acontecido y que acontece, de una realidad
nueva de la que, concretamente, parte todo. Es una vida y no un discurso
sobre la vida, ¡porque Cristo “palpitó” por
primera vez en el útero de una mujer!
¿Es esto lo que no se consigue transmitir?
Sí. En estos años se ha perdido la percepción
del cristianismo y de la Iglesia como una vida y así se perdió el
inicio de la respuesta, la posibilidad de dar respuesta a las preguntas
de los jóvenes. Si falta el punto de inicio no hay forma de
abordar el problema que la naturaleza humana plantea: la necesidad
de responder a las exigencias propias de su razón. Por lo
tanto, hablar de la fe a los chicos, pero también a los adultos,
es comunicar una experiencia y no repetir un discurso sobre la religión,
aunque sea correcto.
¿Hay una especie de desconfianza mutua entre la cultura
laica y la religiosa?
Por nuestra parte no hay ninguna desconfianza, sino la conciencia
fundada de una situación grave y problemática que se
refleja muy bien en la poesía de Carducci, “En el monte
Mario”: «...hasta que reducida bajo el ecuador / tras
la estela del calor huidizo / la extenuada prole una sola / mujer,
un hombre, tenga / que erguidos en medio de los derribados montes,
/ entre bosques muertos, lívidos, con los ojos / vidriosos
te vean, oh sol, desaparecer / tras la masa de hielo».
Una imagen desoladora...
Estas palabras describen el final del hombre: es una imagen debida
a una concepción negativa de lo que el hombre es y a un desarrollo
incompleto de su sensibilidad e inteligencia.
¿Usted también, como otros, ve en Europa una tendencia hostil
al catolicismo?
Hoy el hombre vive cierta dispepsia existencial, una alteración
de las funciones elementales que lo divide, al igual que está dividida
la relación hombre-mujer que cita Carducci: cuando no se conciben
juntos en el origen, están divididos, son dos entidades separadas
que no se encontraran ni siquiera al final. Puede resultar fácil,
por ejemplo, pensar en una página de arte como el simple producto
de una capacidad propia. Igual pasa con el trabajo, el amor a la
mujer. Y este es un dato actualmente muy extendido.
¿Y en cambio?
Lo que hace distinta nuestra percepción es la dependencia
que incumbe a todas las cosas, antes de que el hombre parta para
cualquier empresa: «Dulcisimo, potente, / Dominador de mi profunda
mente», cantaba Leopardi. Así ante la soledad brutal
a la que el hombre se condena a sí mismo como para salvarse
de un terremoto, el cristianismo se ofrece como respuesta. El cristiano
halla una respuesta positiva en el hecho de que Dios se hizo hombre:
este es el acontecimiento que sorprende y conforta la que de otra
manera sería una suerte funesta. Pero Dios no puede concebir
su acción para con el hombre más que como un “desafío
generoso” a su libertad. La objeción moderna de que
el cristianismo y la Iglesia reducirían la libertad del hombre
se ve anulada por la relación que, como una aventura, Dios
establece con el hombre. Por el contrario, a causa de una idea limitada
de libertad, hoy es inconcebible pensar que Dios se comprometa en
la angosta relación con el hombre, casi negándose a
Sí mismo. Esta es la tragedia: el hombre parece más
preocupado por afirmar su propia libertad que por reconocer esta
magnanimidad de Dios, la única que establece en qué medida
participamos en la realidad y que, de esta manera, nos libera realmente. |
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