Reconocer a Cristo
Transcripción de una meditación de don
Luigi Giussani durante los Ejercicios espirituales de los universitarios
de Cl en
diciembre de 1994.
La meditación de esta mañana
terminaba con una frase lapidaria de Kafka: "Existe un punto
de llegada, pero ningún
camino". Es innegable: hay algo ignoto. Los geógrafos
antiguos establecían una analogía entre lo ignoto
y la famosa "terra incognita" que cerraba sus grandes
mapas; en los márgenes del pergamino señalaban: "tierra
desconocida". En los márgenes de la realidad que la
mirada abarca, que el corazón siente, que la mente imagina,
hay algo ignoto. Todos lo sienten. Todo el mundo lo ha sentido
siempre. En todas las épocas los hombres lo han sentido
tanto que hasta lo han imaginado. En todas las épocas los
hombres han intentado, a través de sus elucubraciones o
de su fantasía, imaginar, descubrir el rostro de lo ignoto.
Tácito, en su Germania, describía así el sentimiento
religioso que caracterizaba a los antiguos teutones: "Secretum
illud quod sola reverentia vident, hoc deum appellant" (A
esa realidad misteriosa que intuían con temor y temblor
la llamaban "Dios", y siguen llamándola "Dios").
Todos los hombres de todos los tiempos, sea cual sea la imagen
que se hayan formado de ello, hoc deum appellant, llaman Dios a
esta realidad ignota ante la que pasan las miradas de una mayoría
indiferente, pero también las de muchos otros apasionados.
Indudablemente, entre los apasionados están aquellos trescientos
que desfilaron hace poco con el cardenal de Milán, Carlo
María Martini, desde San Carlo hasta el Duomo. ¡Trescientos
representantes de religiones distintas! ¿Y cómo se
puede llamar, con un denominador común, a eso que trataban
de expresar y honrar con su participación en la gran iniciativa
del cardenal de Milán? Un secretum illud, algo misterioso,
tierra incógnita, algo que no se puede conocer, ¡no
conocible!
Me gustaría recordar ahora un ejemplo que se encuentra en el segundo
volumen de la Escuela de comunidad. Quien lo haya leído ya lo conoce.
Imaginaos el mundo de los hombres, la historia humana, como una inmensa llanura,
y que en esta inmensa llanura hay una multitud de sociedades, de empresas constructoras,
especialmente preparadas para construir caminos y puentes. Cada una en su rincón,
desde su rincón, trata de lanzar a partir del punto en que está,
desde el momento efímero en que vive hasta el cielo bordado de estrellas,
un puente que una los dos términos, conforme a la imagen de Víctor
Hugo en su bello poema de Les contemplations titulado "Le Pont" ("El
Puente"). En él se imagina a un individuo, a un hombre sentado
en la playa por la noche, una noche estrellada, que se fija en la estrella
más grande, aparentemente más cercana, y piensa en los millares
y millares de arcos que habría que levantar para construir ese puente,
un puente que jamás se podría tender, que jamás se podría
realizar. Imaginaos, pues, esta llanura inmensa, toda ella abarrotada de intentos
por parte de múltiples grupos, grandes y pequeños, e incluso
por parte de algún que otro solitario, como en la imagen de Víctor
Hugo, cada uno aplicando el proyecto que ha imaginado, que ha soñado.
De repente, se oye en la inmensa llanura una voz potente que dice: "¡Parad! ¡Parad
todos!". Y todos, obreros, ingenieros y arquitectos, interrumpen su trabajo
y miran hacia el lugar de donde proviene la voz. Es un hombre que, alzando
sus brazos, continúa: "Sois grandes, vuestro esfuerzo es noble,
pero este intento vuestro, aunque sea grande y noble, resulta triste; por eso
tantos lo abandonan y no piensan más en ello, se vuelven indiferentes.
Es grande, pero triste, porque jamás llega a su término, jamás
consigue llegar hasta el final. Sois incapaces de ello porque no tenéis
poder para alcanzar ese objetivo. Hay una desproporción que no puede
colmarse entre vosotros y la última estrella del cielo, entre vosotros
y Dios. No podéis imaginaros el misterio. Ahora dejad ese trabajo tan
duro e ingrato, y seguidme: Yo os construiré ese puente; es más, ¡Yo
soy ese puente! ¡Porque Yo soy el camino, la verdad y la vida!".
Estas cosas no se comprenden en su riguroso valor intelectual si uno no se
ensimisma con ellas, si uno no trata de ensimismarse con el corazón.
Imaginaos, por ejemplo, que estáis en unas dunas cercanas al mar, y
veis un corrillo de personas del pueblo vecino que están escuchando
a uno de ellos hablar, uno que está allí en medio del grupo al
que está hablando. Vosotros pasáis por allí para ir a
la playa; pasáis cerca, y mientras pasáis y miráis con
curiosidad, oís decir al individuo que está en medio: "Yo
soy el camino, la verdad, la vida. Yo soy el camino, la verdad...". El
camino que no se puede conocer del que hablaba Kafka: "Yo soy el camino,
la verdad, la vida". Imaginaos, haced un esfuerzo de imaginación,
de fantasía: ¿qué haríais?, ¿qué diríais?
Por muy escépticos que seáis, no podríais evitar que vuestros
oídos fueran atraídos hacia allí, y, por lo menos, miraríais
con extrema curiosidad a ese individuo que, o bien está loco, o dice
la verdad: tertium non datur. O está loco o es verdad lo que dice. Tanto
es así que sólo ha existido un hombre, uno, que haya dicho esta
frase, uno solo en toda la historia del mundo, ¡del mundo! Un hombre
que hablaba en medio de un grupillo de gente, muchas veces en medio de un grupillo
de gente, y muchas otras en medio de una muchedumbre.
Así pues, en la gran llanura todos suspenden el trabajo y prestan atención
a esa voz, mientras él repite continuamente las mismas palabras. ¿Quiénes
fueron los primeros en sentirse molestos? Los ingenieros, los arquitectos,
los dueños de las diversas empresas constructoras, que dijeron casi
de inmediato: "¡Venga chicos, al trabajo, al trabajo! ¡Obreros,
al trabajo! ¡Ése es un fanfarrón!". Era una alternativa
radical a su proyecto, a su creatividad, a sus ganancias, a su poder, a su
renombre, a sí mismos. Era la alternativa a ellos mismos. Después
de los ingenieros, los arquitectos y los jefes, también los obreros,
medio riendo, con más dudas, apartaron la mirada de aquel individuo,
hablando sobre él durante algún tiempo y tomándolo a broma,
o diciendo: "Quién sabe, vete a saber quién es, ¿estará loco?".
Pero algunos, en cambio, no. Algunos oyeron un acento que no habían
oído jamás, y cuando el ingeniero, el arquitecto o el dueño
de la empresa les decía "Vamos, deprisa, ¿qué hacéis
ahí?, ¿qué estáis mirando todavía ahí?",
ellos no respondían: seguían mirándole. Y él caminaba.
Entonces se fueron con él. Entre ciento veinte millones eran doce. Pero
aconteció: es un hecho histórico.
Lo que Kafka dice ("ningún camino") no es cierto históricamente.
De manera paradójica se podría decir que es cierto teóricamente,
pero no históricamente. ¡El misterio no se puede conocer! Esto
es cierto teóricamente. ¡Pero si el misterio llama a tu puerta...! "Si
alguno me abre yo entraré y cenaré con él". Éstas
son palabras que se leen en la Biblia, palabras de Dios en la Biblia. Pero
es, además, un hecho que ha acontecido.
El capítulo primero del evangelio de san Juan, la primera página
literaria que habla de ello -además del anuncio de que "El Verbo
se hizo carne", aquello en lo que toda la realidad tiene su consistencia
se ha hecho hombre-, contiene los recuerdos de los que inmediatamente le siguieron,
de quienes resistieron la presión de los ingenieros y los arquitectos.
En una página uno de ellos ha anotado sus primeras impresiones y los
rasgos de aquel primer momento en que el hecho sucedió. En efecto, el
primer capítulo de san Juan contiene una serie de apuntes que son precisamente
notas sacadas de su memoria. Siendo él uno de los dos primeros discípulos,
ya anciano, recuerda los apuntes que perduraban en su memoria. Porque la memoria
tiene su propia ley. La ley de la memoria no es una continuidad sin espacios
en blanco, como ocurre, por ejemplo, en una creación imaginaria, de
ficción. La memoria literalmente "toma apuntes" como estáis
haciendo ahora vosotros: una nota, una línea, un punto, y este punto
engloba muchas cosas, de modo que la segunda frase parte ya de las muchas cosas
supuestas en el primer punto. Las cosas están más supuestas que
dichas; sólo se narran algunas como puntos de referencia. Por esto yo,
a mis setenta años de edad, releo ese pasaje por enésima vez
sin ningún síntoma de cansancio. Os reto a imaginar algo que
sea de por sí más grave, que tenga más peso, en el sentido
latino de pondus, que sea más grande, más desafiante para
la existencia del hombre, que esté más repleto de consecuencias
en la historia que esto, que este hecho, a pesar de su fragilidad aparente:
"Aquel día estaba Juan allí de nuevo con dos de sus discípulos.
Fijando su mirada en Jesús que pasaba dijo...". Imaginad la escena.
Tras 150 años de espera, por fin, el pueblo hebreo, que siempre, a lo
largo de toda su historia, durante dos milenios, había tenido algún
profeta, alguno reconocido por todos, tras 150 años, por fin, tenía
un nuevo profeta: se llamaba Juan el Bautista. Hablan también de él
otros escritos de la antigüedad; está, pues, documentado históricamente.
Toda la gente -ricos y pobres, publicanos y fariseos, amigos y adversarios- iban
a oírle y a ver cómo vivía, al otro lado del Jordán,
en una tierra desierta, comiendo langostas y hierbas silvestres. Tenía
siempre un corro de personas a su alrededor. Entre estas personas se contaban
también aquel día dos que habían ido por primera vez y que
venían, por así decirlo, del campo: del lago, que estaba bastante
lejos y se encontraba fuera de la influencia de las ciudades importantes. Estaban
allí como dos pueblerinos que van por primera vez a la ciudad, turbados,
mirando con ojos asombrados todo lo que sucedía a su alrededor y, sobre
todo, mirándole a él. Estaban allí con la boca abierta y
con los ojos abiertos de par en par para mirarle, para oírle, atentísimos.
De repente, uno del grupo, un hombre joven, se marcha tomando el sendero que
bordea el río para ir hacia el Norte. Y Juan el Bautista, de improviso,
con la mirada fija en él, grita: "¡He ahí el Cordero
de Dios, el que quita el pecado del mundo!". La gente no se movió,
porque estaba acostumbrada a oír de vez en cuando al profeta expresarse
con frases extrañas, incomprensibles, sin nexo aparente entre ellas, sin
contexto; por eso la mayor parte de los presentes no hizo caso de ello. Pero
los dos que venían por primera vez, que estaban allí pendientes
de todas las palabras que decía Juan, que miraban sus ojos y los seguían
hacia donde él dirigía su mirada, vieron que se fijaba en aquel
individuo que se iba y se marcharon detrás. Le seguían manteniéndose
a distancia, por temor, por vergüenza, pero extraña, profunda, oscura
y sugestivamente movidos por la curiosidad. "Aquellos dos discípulos,
cuando le oyeron hablar así, siguieron a Jesús. Jesús se
volvió y al ver que le seguían dijo: '¿Qué buscáis?'.
Le respondieron: 'Rabí, ¿dónde vives?' Les dijo: 'Venid
y lo veréis'". Ésta es la fórmula, la fórmula
cristiana. El método cristiano es éste: "Venid y lo veréis". "Y
fueron, vieron dónde vivía, y se quedaron con Él aquel día.
Eran alrededor de las cuatro de la tarde". No especifica cuándo se
fueron o cuándo empezaron a seguirle. Como decía antes, todo el
párrafo, y también el siguiente, está compuesto de apuntes:
las frases terminan en un punto que da por descontado que ya se saben muchas
cosas. Por ejemplo: "Eran alrededor de las cuatro de la tarde"; pero, ¿quién
sabe cuándo se fueron, cuándo se marcharon de allí? Sea
como fuere, eran las cuatro de la tarde. Uno de los dos que habían oído
las palabras de Juan el Bautista y habían seguido a Jesús se llamaba
Andrés y era hermano de Simón Pedro. Se encontró, en primer
lugar, con su hermano Simón... Dejan a Jesús y el primero con el
que Andrés se encuentra es con su hermano Simón que volvía
de la playa, de pescar o de repasar las redes para pescar, y le dice: "Hemos
encontrado al Mesías". No narra nada, no cita nada, no documenta
nada: es cosa ya sabida, está claro, ¡son apuntes de cosas que todo
el mundo sabe! Pocas páginas se pueden leer con tanto realismo y veracidad,
tan sencillamente verídicas, donde ni una sola palabra se añade
al puro recuerdo. ¿Cómo pudo decir: "Hemos encontrado al Mesías"?
Jesús, al hablar con ellos, les diría esta palabra propia de su
vocabulario. Porque decir espontáneamente que aquél era el Mesías,
tan seguros como de que "dos y dos son cuatro", hubiera sido de otro
modo imposible. Pero se ve que estando allí durante horas escuchando a
aquel hombre, viéndole, mirándole hablar -¿Había
alguien que hablase así? ¿Quién había hablado así hasta
entonces? ¿Había alguien que hubiese dicho esas cosas? ¡Nunca
se habían oído! ¡Nunca se había visto a nadie como Él!-,
lentamente se iba abriendo paso en su ánimo la expresión: "Si
no creo en este hombre no puedo creer en nadie, ni siquiera en mis propios ojos".
No es que lo dijeran, ni que lo pensaran; lo sintieron, no lo pensaron. Aquel
hombre diría, pues, entre otras cosas, que Él era el que tenía
que venir, el Mesías que tenía que venir. Y fue tan obvio el carácter
excepcional de su anuncio (de su afirmación), que ellos lo asumieron como
si fuese algo sencillo -¡de hecho era algo sencillo!-, como si fuese algo
fácil de entender.
"Y Andrés le llevó a donde estaba Jesús. Jesús,
con la mirada fija en él, le dijo: "Tú eres Simón,
el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que quiere decir 'piedra' "".
Los judíos solían cambiar el nombre de una persona para indicar
su carácter o algún hecho que le había sucedido. Imaginaos,
pues, a Simón yendo con su hermano, lleno de curiosidad y un poco de temor.
El hombre a cuyo encuentro le conduce su hermano le mira fijamente. Aquel hombre
le estaba mirando ya desde lejos. ¡De qué modo le miraría
que comprendió su carácter hasta la médula!: "Tú te
llamarás Piedra". Pensad en uno que se sienta mirado así,
que se sienta alcanzado en lo más profundo de sí mismo por alguien
que acaba de conocer, absolutamente extraño. "Al día siguiente,
Jesús quiso partir hacia Galilea...". Se trata de media página
compuesta de este modo, a base de breves alusiones y de puntos en los que se
da por descontado que lo que había sucedido lo sabían todos, que
era algo evidente para todos.
"Existe un punto de llegada, pero ningún camino". ¡No!
El hombre que dijo "Yo soy el camino" es un hecho histórico
que ha acontecido y cuya primera descripción está en esta media
página que he empezado a leer. Y cada uno de nosotros sabe que ha sucedido.
Nada ha sucedido en el mundo tan impensable y tan excepcional como aquel hombre
del que estamos hablando: Jesús de Nazaret.
Pero aquellos dos, los dos primeros, Juan y Andrés -Andrés, muy
probablemente, estaba casado y tenía hijos-, ¿cómo hicieron
para quedar cautivados tan de repente y reconocerle? No existe otra palabra
que pueda emplearse más adecuadamente que ésta de 'reconocerle'.
Diré que, si este hecho sucedió, reconocer a aquel hombre, reconocer
quién era aquel hombre, no de manera exhaustiva y detallada pero sí que
era algo excepcional, algo fuera de lo común -absolutamente fuera de
lo común-, que ningún análisis podía deducir, reconocer
esto debía ser fácil. Si Dios se hiciese hombre y viniese a vivir
entre nosotros, si viniese ahora, si se hubiese colado entre el gentío
actual, si estuviese aquí entre nosotros, reconocerle, a priori lo digo,
debería ser fácil, debería ser fácil reconocer
su valor divino. ¿Por qué sería fácil reconocerle?
Por su carácter excepcional, por una excepcionalidad incomparable. Yo
tengo delante algo excepcional, a un hombre excepcional, sin comparación
posible.
¿Qué quiere decir excepcional? ¿Qué significa? ¿Por
qué te impacta lo excepcional? ¿Por qué sientes como "excepcional" una
cosa que es excepcional? Porque corresponde a las expectativas de tu corazón,
por muy confusas y nebulosas que sean. Corresponde de repente -¡de improviso!-
a las exigencias de tu alma, de tu corazón, a las exigencias irresistibles
e innegables que tiene tu corazón, como nunca lo habrías podido
imaginar ni prever, porque no existe nadie como ese hombre. Lo excepcional es,
pues, paradójicamente, que aparezca, que se manifieste lo que es más
natural para nosotros. Y ¿qué es lo más natural para mí?
Que lo que deseo suceda. ¡Más natural que esto! Que aquello que
más deseo suceda: esto es lo natural. Toparse con algo que es absoluta
y profundamente natural, porque corresponde a las exigencias del corazón
que la naturaleza nos ha dado, es, sin embargo, completamente excepcional. Parece
una contradicción extraña: lo que sucede corrientemente nunca es
excepcional, realmente excepcional, porque no logra responder adecuadamente a
las exigencias del corazón. Se roza lo excepcional cuando algo hace latir
el corazón por la correspondencia que parece tener con un determinado
valor, pero el día siguiente lo negará, el año siguiente
lo anulará.
Es el carácter excepcional con el que se presenta la figura de Cristo
lo que hace fácil reconocerle. Hace falta imaginar, como he dicho antes;
es necesario ensimismarse con estos acontecimientos. Si pretendes juzgarlos,
si quieres juzgarlos, no digo comprenderlos, sino juzgarlos sustancialmente,
determinar si son verdaderos o falsos, es la sinceridad de tu ensimismamiento
la que te permitirá ver como verdadero lo que es verdadero y no como
falso, y que tu corazón no dude de lo verdadero. Es fácil reconocer
su ontología divina porque es excepcional, porque corresponde al corazón:
uno asiente y no se alejaría nunca, lo que es signo de su correspondencia
con el corazón. No se alejaría nunca y le seguiría toda
la vida, como de hecho le siguieron ellos los otros tres años que vivió.
Pero imaginad a aquellos dos escuchándole durante varias horas y que
luego deben volver a casa. Él les despide y ellos se marchan callados,
en silencio, porque les invade la impresión que han tenido de presentir
el misterio, de sentirlo. Y después se separan. Cada uno se va a su
casa. No se despiden. No es propiamente que no lo hagan sino que lo hacen de
otro modo: se despiden sin hablar porque están llenos de lo mismo, los
dos son una sola cosa de tan llenos como están de lo mismo. Andrés
entra en su casa, pone el mantel y su mujer le dice: "Pero, Andrés, ¿qué pasa?
Estás diferente, ¿qué te ha sucedido?". Imaginemos
que él, abrazándola, rompiese a llorar y que ella, turbada, siguiese
preguntándole: "Pero, ¿qué tienes?". Él
seguía abrazando a su mujer, que no se había sentido abrazada
así en toda su vida: ¡Era otro! Era él pero era otro. Si
le hubiesen preguntado "¿Quién eres?", habría
dicho: "Me doy cuenta de que soy otro... Después de haber oído
a ese individuo, a ese hombre, soy otro". Amigos, esto, sin muchas sutilezas,
es lo que sucedió.
No sólo es fácil reconocerle, no sólo fue fácil
reconocer su excepcionalidad -porque "si no creo en este hombre ya no
podría creer siquiera en mis ojos"7-, sino que también fue
fácil comprender qué tipo de moralidad, es decir, qué tipo
de relación nacía de Él. Porque la moralidad consiste
en tener una relación con la realidad en cuanto creada por el misterio,
es la relación justa, ordenada con la realidad. Fue fácil, les
resultó fácil comprender qué sencilla era la relación
con Él, qué sencillo era seguirle, ser coherentes con Él,
coherentes con su presencia: consistía en adherirse a su presencia.
Hay otra página de san Juan que cuenta estas cosas de un modo espectacular:
es en el último capítulo de su Evangelio, el vigésimo
primero. Aquella mañana estaba la barca llegando ya a tierra y no habían
pescado nada. Cuando estaban aún a varios centenares de metros de la
orilla se dieron cuenta de que había un hombre allí, erguido
-había preparado una pequeña hoguera y, por eso se le veía
a cien metros de distancia- que les interpeló de una forma que ahora
no detallo. Juan es el primero que dice: "¡Es el Señor!".
Pedro se lanza sin pensárselo al agua y en cuatro brazadas alcanza la
orilla: y es el Señor. Mientras tanto llegan los demás, pero
nadie habla. Se ponen todos en corro, en silencio. Permanecen callados porque
todos sabían que era el Señor resucitado: había muerto
y se les había aparecido ya varias veces después de haber resucitado.
Esta vez había preparado para ellos pescado asado. Todos se sientan
y comen. En el silencio casi total que pesaba sobre la playa, Jesús,
recostado, miró al que tenía a su lado, que era Simón
Pedro. Le miró fijamente y Pedro sintió sobre él -imaginemos
cómo lo sintió- el peso de aquella mirada, porque se acordaba
de su traición de pocas semanas antes, y de todo lo que había
hecho -hasta el punto de que Jesús le había llamado una vez Satanás: "Apártate
de mí, Satanás, escándalo para mí, para el destino
de mi vida"-. Se acordaba de todos sus defectos, porque cuando uno se
equivoca gravemente una vez le viene también a la mente el resto, incluso
lo menos grave. Pedro se sintió aplastado bajo el peso de su impotencia,
de su incapacidad para ser hombre. Y aquel hombre recostado allí a su
lado se pone a hablar y le dice: "Simón (imaginaos cómo
debía temblar Simón), ¿tú me amas?".
Si intentáis ensimismaros ahora con esta situación temblaréis
al pensarlo, sólo al pensarlo, al pensar en esta escena tan dramática.
Y es dramática pues describe muy bien lo humano, expone con claridad
lo humano, lo exalta, porque el drama exalta los factores humanos, mientras
que la tragedia los aniquila. El nihilismo conduce a la tragedia; en cambio,
este encuentro introduce en la vida el drama, pues el drama es la relación
que se vive entre un yo y un tú.
Entonces, como un suspiro, apenas como un suspiro, respondió. Su respuesta
fue apenas musitada, como un suspiro. No se atrevía, pero...: "No
sé cómo, pero sí, Señor, yo te amo; no sé cómo
pero es así" (como decía el vídeo que algunos de
nosotros hemos visto hace pocas semanas). "Sí, Señor. No
sé cómo, no puedo decirte cómo, pero...".
En resumidas cuentas, era facilísimo mantener, vivir la relación
con aquel hombre. Bastaba adherirse a la simpatía que provocaba, una
simpatía profunda, parecida a la simpatía vertiginosa y carnal
que siente el niño hacia su madre, que es simpatía en el sentido
más intenso del término. Bastaba adherirse a la simpatía
que provocaba. Porque, después de todo lo que le había hecho
y de su traición, le oyó preguntar tres veces: "Simón,
tú, ¿me amas?". Y él, la tercera vez, dudó.
Había quizá también duda en la pregunta, y respondió más
extensamente: "Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes
que te quiero. Mi simpatía humana es para ti; mi simpatía humana
es para ti, Jesús de Nazaret". |
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